Hoy hablaremos de la velocidad de la luz, y cuidado, porque aunque de primeras pueda parecer una cuestión que carece de importancia o que resulta demasiado simple como para prestarle especial interés, creedme cuando os digo que la luz y sus propiedades son verdaderamente fascinantes. Y un poco cabrona, sí, también es cabrona, pero tranquilos porque aquí y ahora desvelaremos estas cuestiones.

Empecemos pues por la base, y para ello debemos preguntarnos: ¿es la luz instantánea? ¿O por el contrario, podemos determinar un valor concreto de su velocidad? Aunque la respuesta hoy día es bien conocida, en la época de Galileo esto no era algo ni mucho menos evidente. De hecho, nuestra experiencia cotidiana podría hacernos pensar todo lo contrario. Por poner un ejemplo, supongamos que observamos una  gran explosión desde una distancia considerable, lo que experimentaríamos a continuación es que la luz despedida durante el proceso es captada por nosotros de manera “simultanea” a la explosión, escuchándose el estruendo unos segundos más tarde dependiendo de la distancia a la que nos encontremos. Como caso análogo, podemos observar el mismo fenómeno en una tormenta eléctrica. Sin embargo, esto no es prueba de la inmediatez de la luz, simplemente significa que el sonido se propaga más lentamente.

El problema de la velocidad de la luz fue formulado por Galileo, y aunque no consiguió determinar su valor debido a la escasez de recursos tecnológicos de la época, este hecho radica gran importancia. Pues es muy usual que la formulación o planteamiento de un problema resulte de mucha más importancia que su posterior resolución, pues es este hecho el que nos permite ver las cosas desde un punto de vista completamente distinto, y, en ocasiones, esclarecedor. Como conclusión, diremos que la velocidad de la luz es de 300.000 km/s.

Vaaaaaaaaaale, todo claro y sencillo hasta aquí, pero no os durmáis porque ahora viene lo bueno. Y es que la velocidad de la luz es, precisamente, una de las claves más fundamentales para la formulación de la relatividad especial de Albert Einstein. Pero, ¿de qué forma resulta ésta realmente influyente? Para responder a esta pregunta, primero hagamos un repaso de nuestras experiencias con el movimiento. Imaginemos este caso, un Tiranosaurio Rex, el cual está especialmente hambriento, comienza a perseguirnos con el propósito de no quedarse sin cena esa noche. Digamos que se mueve a una velocidad de unos 40 m/s. Nosotros, como es lógico, nos montamos en nuestro coche y nos disponemos a huir a una velocidad de 30 m/s. Aunque si en este caso no pisamos un poco más el acelerador acabaremos devorados, en realidad, nuestra reacción es beneficiosa, pues el Tiranosaurio se aproximará a nosotros a una velocidad menor que si estuviésemos absolutamente quietos esperándole, o, cosa rara, saliendo a su encuentro. Más concretamente, se acercará a nosotros a una velocidad de 10 m/s (40-30).

Perfecto, pues ahora veamos qué sucede si aplicamos alguna de estas experiencias sustituyendo nuestro dinosaurio por un rayo de luz. Si así lo hiciésemos, descubriríamos un hecho verdaderamente desconcertante: cualquier observador, sea cual sea su estado de movimiento relativo, estará de acuerdo en que la velocidad de la luz es siempre 300.000 km/s. Es decir, es completamente indiferente si nos alejamos de dicho rayo de luz a una determinada velocidad, si salimos a su encuentro o si simplemente nos quedamos estáticos. El rayo de luz va a acercarse a nosotros a 300.000 km/s en todos los casos. No sucede la resta de velocidades que observábamos un poco más arriba, en nuestro caso anterior. Esto puede sonar ridículo, incluso usted puede pensar que esta propiedad no es algo fácil de aceptar, es más, una gran cantidad de físicos hicieron esfuerzos por refutar este hecho. No lo consiguieron. Sin embargo, Einstein vio aquí la solución a sus problemas, consideró esta propiedad como cierta e hizo una reinterpretación que le valdría su lugar en la historia. Es esta constancia de la velocidad de la luz, la que, de hecho, anunciaría el declive de la física de Newton.

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Aún nos queda por dilucidar otra proposición importante: la velocidad de la luz constituye el límite de circulación en nuestro universo. No obstante, dejaremos este tema para más adelante, por lo que si te interesa quédate para más.

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