Lo que a continuación explicaremos constituye una de esas tantas hipótesis artificiales que una concepción mecanicista obligó a los físicos del siglo XIX a proponer. Esto era para continuar con su ilusión de un Universo lo suficientemente sencillo para ser explicado como un gran reloj. Estamos hablando del éter.

Y cómo no, ¿de qué se trata? ¡Correcto! ¡De una nueva sustancia! Menuda novedad… Concretamente de un fluido invisible, muy ligero y enormemente elástico que supuestamente debería llenar todo el espacio a modo de gran gelatina mecánica. Esto es lo que llamamos éter, pero vamos al lío ¿Por qué era este fluido gelatinoso tan necesario? ¿Qué pretendía solucionar? Bien, pues todo esto tiene que ver con la propagación de la luz a través del vacío, un hecho que era inconcebible para la mecánica clásica. Es decir, ante el follón que se les venía encima al no poder explicar esta propiedad de la luz, postularon una sustancia para que sirviera de soporte material en la transmisión de la luz en el “vacío”, y así poder continuar tranquilos en su tic-tac.

Atendamos ahora un poco a sus propiedades. Este era invisible, creo que es obvio el porqué, era muy ligero y además extremadamente elástico. Por entonces, los físicos ya se habían percatado de algo importante, y es que la velocidad de la luz depende del medio por el que se transmita. De esta manera, su velocidad acababa siendo más lenta por lo general en medios más densos, lo que les llevó a pensar que de existir el éter, este debería ser ínfimamente denso y además poseer un alto coeficiente de elasticidad.

Sin embargo, para su decepción, la exposición mecánica del éter como medio adecuado para aportar una solución al problema no hizo más que encontrarse con callejones sin salida. Con el objeto de imaginar el éter como sustancia mecánica, los físicos tuvieron que llevar a cabo hipótesis muy artificiosas y antinaturales. Cuáles, no nos interesa, pero si algo es cierto es que con esta necesidad de introducir todo tipo de ideas sintéticas así como nuevas sustancias, tales como los corpúsculos luminosos y los fluidos eléctricos y magnéticos, todas independientes entre sí, se llevó a trastocar esa creencia de que con una explicación mecánica se podría entender la totalidad de la naturaleza.

En efecto, además de las dificultades para imaginar una constitución mecánica del éter, existen otras objeciones más sencillas. De hecho, si deseamos una explicación mecánica de los fenómenos ópticos debemos asumir que el éter se encuentra por todas partes. Desde este punto de vista, el concepto de vacío carece completamente de sentido, no existe el espacio vacío sino el éter. No obstante, por la mecánica sabemos que los movimientos de los cuerpos materiales en el espacio, dese por caso los planetas, no perciben resistencia de ningún tipo. O dicho de otra manera, el espacio interestelar no supone ningún obstáculo para el movimiento de los cuerpos. Si el éter no perturba el movimiento de la materia significa que no puede haber interacción ninguna entre las partículas del mismo y las de la materia. Ahora bien, la luz viaja a través del éter y de la materia, experimentando variaciones en su velocidad en esta última. La única explicación que nos queda es que haya interacciones entre las partículas del éter y las de la materia. ¡Pero si ya hemos dicho que eso no sucede! Ahí lo tienes, una cuestión paradójica de la cual no tenemos escapatoria.

 A no ser que abandonemos la concepción mecanicista y hagamos una nueva física basada en otros pilares que no nos acarreen estos problemas. Ya os adelanto que aunque en la actualidad hemos conseguido solventar estas dudas y otras más, por el camino nos hemos ido encontrando otras aún más intricadas. Sabemos más que un físico del siglo XIX, pero nuestros problemas también son más grandes. Sin duda, esto si que es darle la vuelta a la tortilla.

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